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Elvira Lindo Garrido nació en Cádiz en 1962. A los doce años se traslada a Madrid, allí comenzará la carrera de Periodismo, pero la abandona para dedicarse a la radio y la televisión trabajando como locutora, actriz y guionista.

Su primera novela, basada en uno de sus personajes radiofónicos, adquiere un éxito inesperado. Manolito Gafotas, un niño del barrio madrileño de Carabanchel se convierte en un personaje que atrae a niños y mayores y en el protagonista de sus tres siguientes novelas.

En 1994 estrena en el teatro La ley de la selva, y vuelve al teatro diez años después con La sorpresa del roscón.

En 1998 publica la novela El otro barrio, que la aleja momentáneamente de Manolito Gafotas, y de la literatura infantil, para volver a este personaje en ese mismo año con Manolito on the road.

Comienza su faceta de guionista de cine coescribiendo, junto a Miguel Albaladejo, La primera noche de mi vida, y al año siguiente adapta Manolito Gafotas al cine. En 2000 adapta la novela del escritor Antonio Muñoz Molina, con quien está casada, Plenilunio.

No escribe, sin embargo, los guiones de las siguientes adaptaciones, tanto al cine, como a la televisión, de su personaje Manolito Gafotas.

Colabora asiduamente en diversas revistas y diarios, como El País, como columnista; gran parte de sus artículos se reúnen en una serie de libros titulados Tinto de verano.

 

Elvira Lindo
Lo que me queda por vivir

Café Literario

EL PAIS
JUAN CRUZ / 01-09-2010

Lo que me queda por vivir es un libro de un atrevimiento, personal, generacional, femenino, humano...

Los atrevimientos literarios son atrevimientos humanos: como si detrás de lo que escribe Elvira (una historia de la construcción de una soledad, la de una mujer, salvada por la presencia de un hijo que es en todo momento el punto de apoyo, el cómplice, el testigo) hubiera una bocanada de mil aires distintos que confluyen en su su viento total, herido, el viento de un tiempo por el que ella ha pasado (y pasa) con sus ojos atentísimos, que son también los ojos de la protagonista.

En la mirada de Elvida Lindo siempre he visto esa quietud expectante que la ha hecho tan buena escritora, como si fuera una esponja que oye en silencio el universo que tiene delante, aunque el universo ni hable, ni se mueva, ni haga nada. Ella oye hasta lo que hay detrás de una montaña de oscuro silencio.

La escritura de Elvira, que ha alcanzado una tangible madurez, es veloz, y aún así es profunda; como querían Guillén o Chillida, aquí lo que parece veloz viene de un perfume sonoro muy hondo; esa agilidad no le quita a esta expresión incesante de perplejidad solitaria, la de la mujer que narra en el libro, la quietud necesaria para entender desde qué lado del pozo está hablando la protagonista.

Es inevitable que en los buenos libros, los que nacen de la autenticidad, de las rasgaduras de los testimonios,uno vea rasgos autobiográficos; desconozco si aquí los hay o no, y tampoco importa: lo cierto es que este vocabulario narrativo que ha hallado Elvira Lindo para contar esta historia procede de una deglución adecuada de muchas historias que se parecen a esta, que han ocurrido en la generación (aquella generación ilusionada, y no, de los 80) a la que pertenece la novelista, y que aquí surgen como el pináculo atrevido de una experiencia única o propia.

Una vez dijo Fernando Savater, de un libro que conozco bien, que parecía un diario encontrado en un campo de concentración. Este libro de Elvira Lindo podía haber sido hallado en los desvanes de muchas ilusiones rotas en aquellas edades que parecían que iban a ser eternas; en esos desvanes (pueblos, camas adolescentes, relaciones familiares que también parecían también eternas, bares de mala muerte, restaurantes de buen pasar, clubes nocturnos de luces insinuantes, habitaciones propicias al amor y al olvido) hemos dejado jirones de una alegría que se rompió como los bordes del calendario.

Esta historia es particular, claro; la protagonista es una célebre guionista que se abrió paso en la radio y la televisión (ilusionadas o cutres) de aquel periodo posterior al franquismo, y el niño es el resultado de un matrimonio que terminó como ese calendario roto. Leído por gente que vivió aquel periodo parece como el espejo ante un camino que al principio parecía lleno de rosas salvajes. Y leído por alguien casi quince años mayor, que llegó a ese periodo como si la democracia nos rejuveneciera quince años también, produce la misma melancolía, la misma extrañeza de haber pasado por la felicidad como si esta nos fuera a acompañar también cuando ya los años son los años que tenemos, y la ilusión es la que queda. Aunque han quede por vivir.

Recomiendo que vayan encargando ya la novela; muchísima gente lo va a hacer.

 


Foto de Gloria Rodríguez