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Eduardo Mendoza nació el 11 de enero de 1943 en Barcelona. Se licenció en Derecho en 1966, tras lo que pasó a trabajar como asesor jurídico para un banco. En 1973 abandonó la España franquista para ejercer de traductor para las Naciones Unidas, y en 1975 publicó su primera obra narrativa La verdad sobre el Caso Savolta, que gracias a su tono crítico se considera la primera novela de la transición a la democracia y recibió el Premio de la Crítica un año más tarde, pero no será hasta la publicación de su obra El misterio de la cripta embrujada cuando empiece a consolidarse su tono parodista y su ácido sentido del humor, tono que se mantendrá durante la publicación por entregas de Sin noticias de Gurb en el diario El País. Entre 1995 y 1999 fue profesor en la Facultad de Traducción e Interpretación de la Universidad de Pompeu Fabra y ha sido columnista del diario El País.

Varias de sus obras han sido adaptadas al cine (La ciudad de los prodigios, El año del diluvio).

Su personaje principal, interno de un manicomio y adicto a la Pepsi , que había surgido en La verdad sobre el Caso Savolta, reaparece en otras obras suyas como El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras, sirviendo de vínculo en éstas.

En 2010 resultó ganador del Planeta, el premio mejor dotado en lengua española, por su novela Riña de gatos.
Eduardo Mendoza
Riña de Gatos

Café Literario

EL CULTURAL
SANTOS SANZ VILLANUEVA | Publicado el 19/11/2010

Viene bien recordar, a cuento de Riña de gatos, la conocida idea de Ramón María del Valle-Inclán según la cual un escritor puede adoptar tres posturas acerca del mundo: “de rodillas, en pie o levantado en el aire”. La tercera lo coloca por encima y como distante de su materia e implica “un punto de ironía”. Desde esta última óptica describe el narrador omnisciente de la nueva novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), a quien podríamos incluso identificar con el propio autor, la vida madrileña en marzo de 1936.

Sirve como hilo conductor de la estampa colectiva la intrincada peripecia de Anthony Whitelands, experto inglés en Velázquez que viaja a Madrid para realizar un peritaje. Nada más llegar se convierte en involuntario protagonista de la confusa madeja política española y su breve estancia será un frenético ir y venir entre los actores de una dislocada tragicomedia: José Antonio Primo de Rivera y los tempraneros camisas viejas (Sánchez Mazas, Fernández Cuesta...); los todavía indecisos golpistas (Franco, Mola, Queipo de Llano); la policía española; el espionaje inglés y los servicios secretos soviéticos. Whitelands asiste de cerca al propagandismo falangista, tiene noticia de las maniobras conspiratorias de la aristocracia y conoce de primera mano la mala vida de los desheredados de la fortuna. Todo ello ocurre dentro de una anécdota que depara sin reposo trampantojos, sorpresas y equívocos. El esquema del relato es el de una novela de intriga disparatada. Esta línea principal se entrecruza con una comedia de amores también burlesca.

Tales mimbres utiliza Mendoza para confeccionar una farsa en la que la parodia franca, libérrima, sin ninguna cortapisa, ocupa el lugar de la ironía advertida por Valle Inclán. De no figurar el escepticismo en el código genético de Mendoza, en la visión del mundo del escritor y seguramente de la persona, habría dado en Riña de gatos el salto al expresionismo violento del esperpento. No lo hace porque en su estética el distanciamiento burlón se impone a las tintas negras y porque la neutralidad velazqueña glosada en la novela prevalece sobre el espanto goyesco.

Mendoza pone en juego un nutrido arsenal de recursos para hacer efectiva esa actitud distante. Crea personajes al borde de la excentricidad y diseña anécdotas imaginativas hasta el límite mismo de la inverosimilitud. Las situaciones estrafalarias se encadenan: el chisgarabís José Antonio y el menage a trois con Whitelands; la niña prostituta Toñina y su bebé, modélicamente folletinesca, muy barojiana; el conserje del hotel y los policías españoles, de costumbrismo cómico; los secuaces del espía soviético Kolia, ejecutores de un atentado propio de la literatura de cordel. Otros cuantos personajes singulares más acompañan al protagonista, antihéroe llorón y soseras, y se los coloca en circuns- tancias absurdas o se los mueve como marionetas de guiñol.

Esta ocurrente materia anecdótica se sostiene en unos restallantes usosidiomáticos también de calculados efectos distanciadores y humorísticos. La onomás- tica fluctúa entre lo intenciona do, el énfasis, la comicidad o el sarcasmo: Whitelands, Álvaro del Valle y Salamero, duque de la Igualada, Pedro Teacher, lord Bumblebee, los policías Gumersindo Marranón y Coscolluela o los revolucionarios señor Mosca e Higinio Zamora Zamorano; los nombres se someten, además, a cervantinos e hilarantes cambios. La prosa se modula en variados registros y se salpica con coloquialismos, vulgarismos o barbarismos efectistas. Invención y estilo se ahorman en un relato moldeado con una minuciosa técnica que funciona con la precisión de un mecanismo de relojería aunque parezca guiarse sólo por el natural progreso de la anécdota. La malicia formal del autor se apoya con descaro en recursos y procedimientos de la narrativa popular.